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“Tienes que vencer muchos prejuicios culturales y nacionales para poder ver el mundo indígena”: Mario González Suárez

Previo a la presentación de su libro Uno Conejo / ce tochtli; la periodista, editora y poeta Mónica Maristain entrevista a Mario González Suárez. Les compartimos esta charla sobre el primer libro-códice acerca de la caída de Tenochtitlan.

Junto con Mónica Braun y su editorial Nieve de Chamoy, el escritor termina su visión sobre México con la impresión de un códice: Uno Conejo/ce tochtli, que presentará el jueves en la Casa Refugio Citlaltépetl.

Ciudad de México, 23 de julio (MaremotoM).- “Nieve de Chamoy nació en 2014 como un sello editorial independiente que en un principio vendía sus libros solo en formato digital, como ebooks. En mayo de 2017 lanzamos oficialmente la versión impresa de nuestros títulos, principalmente novelas de autores contemporáneos mexicanos y latinoamericanos, aunque hemos también publicado ensayo y poesía. Poco a poco hemos ido afinando nuestro criterio editorial y hoy podemos afirmar que, definitivamente, nos inclinamos por textos estilísticamente arriesgados y temáticamente provocadores. Asimismo, damos la bienvenida a primeras novelas de autores desconocidos, pero también tenemos una clara vocación por el rescate de obras que nos parecen valiosas y que salieron del mercado hace años. Si tuviera que resumir en dos palabras cuál es el sentido de nuestra editorial, utilizaría esos dos términos: descubrimiento y rescate”, dijo en su oportunidad la editora Mónica Braun.

Hoy, su editorial Nieve de Chamoy y el escritor Mario González Suárez presentan el primer códice moderno, hecho ahora, para certificar por un lado que el autor es un tlacuilo y por el otro para terminar su visión sobre México, que inició con De infancia (sobre su padre), con Faustina (sobre su madre), siguió con A guevo padrino (sobre el hijo) y termina con Uno conejo, la segunda caída de Tenochtitlan.

El libro/códice Uno Conejo/ce tochtli se presentará el jueves 25 a las 19 horas, en la Casa Refugio Citlaltépetl. “Solo hay 300. ¡Es una joya que hay que tener!”, dice la editora y nosotros certificamos que es realmente así.

–Me llamó la atención la forma del libro

–(risas) El códice es una amoxtli, que son libros prehispánicos. Son los libros mesoamericanos, había una escritura ideográfica, sobrevivieron muy pocos. Quisiera retomar esa idea de una amoxtli, retomando también la idea del tlacuilo, que es un escriba mexica. Un tlacuilo que iba a una escuela de tlacuilos, donde aprendía distintas cosas, porque para ser tlacuilo había que saber herbolaria, medicina, anatomía, astronomía, aparte de saber pintar y saber narrar, conocer los símbolos, los del calendario…

El códice es una amoxtli, que son libros prehispánicos. Foto: MaremotoM

–¿Sólo narraba o también atendía a la gente?

–El tlacuilo no era chamán. Sólo era escritor. Hacía cosas por encargo. La idea de la EME, la escuela de escritores, era hacer la escuela mexicana de tlacuilos en tiempo actual. Había que saber de literatura obligadamente, pero también había que saber símbolos, mitología. De hecho este proyecto surgió ahí con la clase de mitología mesoamericana, teníamos lo de mitología clásica y cuando invitamos a Eduardo Menache, que era el maestro de mitología mesoamericana, le empezamos a enseñar los códices a los alumnos. Esos códices están secuestrados por la academia, nadie los ve, nadie puede decir nada sobre ellos. Ahí me surgió la idea de hacer un códice, con escritura alfabética.

-Cuando le contaste a los editores te sacaron corriendo

–No fue tan fácil. Ahí apareció la Nieve de Chamoy. Me habían dicho que eso no existe. Se lo ofrecí a Mónica y me dijo: vamos a hacerlo. Como nunca se había hecho, yo pensaba que era una cosa fácil y luego comenzamos a ir a las imprentas y nos dimos cuenta de lo difícil que era. Para imprimir una rotativa necesitas tirar un millón de ejemplares, tiene que ser artesanal. Los pliegos están impresos en máquina, pero que en el momento de armarlo tenía que hacerlos manos humanas. No se puede cortar y doblar como el libro convencional. Las tiras se tenían que cortar y pegar. Encontramos a un impresor magnífico, porque no todos los impresores sabían cómo iba a funcionar.

El códice en todo su esplendor. Foto: Mónica Braun/Facebook

–¿Por qué hacer esto?

–Porque está concebida como la novela de un tlacuilo. Lo que cuenta además es el último día de Tenochtitlan. Lo puedes empezar a leer por el lado que quieras y funciona igual. Lo lees como lo agarres. Lo vas leyendo y cuando termina de un libro de un lado (son casi 13 metros) y automáticamente lo vuelves a abrir. Del lado que tiene el nombre en español, es un narrador único que cuenta la historia del último día de Tenochtitlan. Y del lado que tiene el título en náhuatl es una voz colectiva que cuenta lo mismo pero desde el pueblo.

–¿Tú te sientes un tlacuilo?

–Claro. Yo nací en Tenochtitlan, a un lado del Templo Mayor. Tenía que llegar a esto, mis libros anteriores sobre México, es mi historia de México. Uno conejo es la historia final de Tenochtitlan.

–¿Qué significa México para ti y qué significa narrar el último día de Tenochtitlan?

–Este tema del mundo prehispánico me interesa mucho. Digamos que uno sabe lo que te enseñan en la escuela, pero cuando empiezas a estudiar el tema, hay una cantidad de bibliografía impresionante. Me metí en los códices, es inagotable. Después de dos años de estar leyendo me di cuenta de que lo único que había hecho era acumular información porque en realidad no entendía.

Yo nací en Tenochtitlan, a un lado del Templo Mayor. Foto: MaremotoM

–Y lo de los códices están secuestrados…¿cómo lograste verlos?

–Los fui consiguiendo y en la EME empezamos a sacar los códices. Menache fue el que metió el códice Borgia (Códice Yoalli Ehécatl), es el más fascinante, nadie ha podido decir de qué se trata. Tiene una parte que es una tabla de adivinación, los 260 cuadros de los 260 días. Esa parte está también en otros códices y sí se entienden. Están los 9 señores de la noche, donde están los signos del calendario en el cuerpo. Después viene una serie de cosas que nadie sabe lo que quiere decir, la parte central es alucinante. Hay muy poca información sobre el tema. De los primeros que vieron el códice, Francisco Javier Clavijero, un jesuita, decía que con un poco de intuición puede uno inferir de qué se trata. Yo tengo la impresión de que es un tratado cosmogónico, no es algo occidental, sino que tiene que ver con una cosmogonía mesoamericana y el movimiento del cosmos es una digestión. La tierra es un monstruo que está vivo y todo lo que se posa sobre ella finalmente lo devora y baja hasta el inframundo, donde es procesado para volver a surgir. Es muy impresionante una sociedad antropófaga (que come carne humana), ese es uno de los temas que es tabú, está prohibida.

–¿No creían en Dios?

–Sí creían, pero eran otros dioses. No se puede no creer en Dios. Era un Dios vivo. Nuestro padre y nuestra madre, la tierra y el sol, beben sangre y comen carne. Ese tema de la antropofagia no le gusta el PRI. Me di cuenta de que había que cambiar la mentalidad. Tienes una mente cristiana, lo quieres hacer con una lengua occidental y esa lengua no entra. Tienes que vencer muchos prejuicios culturales y nacionales para poder ver el mundo indígena. Ese mundo está demasiado idealizado y despreciado. Lo nuestro del pasado es maravilloso y lo nuestro del presente es repugnante. Fue la antropofagia implantada por los mexicas que se impuso en Mesoamérica, fue una de las razones por la que los enemigos de los mexicas se unieron al invasor, porque quería que eso se acabara.

Creo que un artista en general tiene que saber moverse con los símbolos, con la mitología, con la psicología profunda. Foto: MaremotoM

–Tu conversión en tlacuilo, ¿qué ha hecho de ti como escritor?

–Para mí es lo mismo. Cada vez que me meto a un tema, siempre me han atraído la mitología y la psicología profunda, tengo un libro sobre alquimia, otro sobre la Biblia y este sobre la prehispánica. Creo que un artista en general tiene que saber moverse con los símbolos, con la mitología, con la psicología profunda, tiene que entender qué es lo que hace y cómo funciona en uno mismo eso lo que hace. Creo que hubo una especie de transmutación permanente. La gente que leyó mis primeros libros, como Nostalgia de la luz, lo compara con Verdever y dice que no es el mismo escritor. Si voy cambiando y sí me importa mucho que cada libro nuevo no arrastre al anterior.

–Verdever fue leída como una novela pornográfica

–En realidad para mí es pura psicología profunda. Los que se mueven allí son arquetipos, son mitos y los arquetipos se manifiestan con esa energía análoga a la sexual.

Faustina fue la madre

De la infancia es la novela del papá y Faustina es la novela de la madre. Faustina es la madre de Fausti, es como una piedra, arrinconada, soltera, abandonada, rechazada, en medio de todo eso, tiene un hijo. Es un prototipo de madre mexicana. El padre y la madre son como impresentables y de ahí sale un charro muy valiente. Hablé, aparte del maestro Menache, con Alfredo López Austin y me leí a todos los que pude.

–¿Hay que leer todos tus libros anteriores para leer Uno Conejo/ce tochtli?

–No, para nada. La verdad no tengo idea de cómo va a recibir este libro. Hasta donde sé nunca se había hecho en el México moderno una amoxtli, presentar un libro así. El tema indígena es un tema muy difícil para un mexicano. Cuando hablan del mundo indígena hablan de la sierra, de allá lejos, de las comunidades, pero mírense al espejo, ahí está el mundo indígena. No es algo que está lejos, sino algo que está aquí. Si nos asomáramos a ver cómo era ese mundo indígena, si nos permitiéramos horrorizarnos, puede cambiar algo. El que reconoce que su padre era un criminal, ya cada quien tiene su lugar. Ese mundo indígena me parece fascinante y brutal, no idealizado. No quisiera haber vivido ahí, no me parece algo disfrutable. Soy descendiente de indígenas, como todo el mundo aquí, y esa mezcla es lo que lo hace más terrible. La historia antigua de México, de Fray Diego Durán, es un libro que deberían leer todos los mexicanos. Durán era totalmente contemporáneo de Sahagún, pero él era dominico y su historia de México es una gran novela. Si creyéramos que somos hijos de criminales, vamos a poder dejar ese mundo indígena atrás.

Encuentra la nota completa en el sitio Maremoto Maristain.

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